Alguna vez en la escuela le preguntamos a la maestra de Voz, Annie Morrison, si cada vez que iba al teatro se pasaba la función analizando el trabajo vocal de los actores. Ella dijo que no, que simplemente disfrutaba la puesta en escena.
Yo debo de confesar que aunque me considero público ingenuo, no puedo evitar analizar el terreno que me gusta pensar como mío. Es por eso que disfruté tanto pasar la mañana del domingo escuchando a la Orquesta Sinfónica Nacional. ¿Dos fines seguidos en Bellas Artes? no me puedo quejar...
El punto es que lo que me encanta de la música es que no tengo ningún tipo de conocimiento técnico de ella (las únicas piezas de música clásica que reconozco son del Lago de los Cisnes de Tchaikovsky y eso es sólo porque me ponen a llorar con más honestidad que una clase de clown); así que cuando voy a este tipo de conciertos, voy simplemente a ver qué pasa. Y es delicioso.
El Concierto 2 de la temporada anual de la OSN fue estelarizado por Alejandro Tello Zamudio, Primer Oboísta de la Sinfónica. Podría decirles que tocó el Concierto para Oboe y Orquesta de Martinu; no porque lo sepa, sino porque lo dice el programa. Jamás podría hacer una crítica de su ejecución. Pero quisiera plasmar las cosquillas que me hicieron las notas de ése oboe. Tello tiene un estilo muy particular, y el sonido que produce con su instrumento sabe a una seguridad que va más allá de la pasión de alguien que se dedica a lo que le gusta. Lleva la cadencia de una carrera larga, decidida, que ha ido creciendo y que ha sido disfrutada en todo momento.
El currículum de Tello no es precisamente el tema de conversación cuando nos lleva a bailar al MamaRumba o cuando viene a jugar juegos de mesa a la casa; pero el domingo descubrí al artista que ha llegado a ser, y escuchándolo entendí porqué está donde está. Una como actriz usa a sus personajes para transmitirle al público lo que se deje. Tello no usa nada más que sus manos, el aire de sus pulmones; y en ocasiones como el domingo, un dedo del pie roto. Eso es tener huevos. Eso es exponerse en el escenario y no pedazos.
Y pues como dicen: caras vemos, corazones no sabemos. Aunque me gusta pensar que a Tello el corazón sí se lo sabemos. Sólo que ahora se lo conocemos más.
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